| >>El
viernes fue mi último día de trabajo. Fue un día un tanto ajetreado, en el que
el teléfono poco paró de sonar en la oficina y de repente me sentía más
necesaria que nunca allí. Jose, mi jefe, me pidió que le acompañara a su
despacho: “Lo siento mucho de verdad, he intentado por todos los medios que te
renovaran pero no quieren contratar a nadie ahora por ahorrar”. “No pasa nada,
lo sé. Gracias de todos modos”.
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Todos
sabemos lo que ocurre allí. Aunque no es un tema que vaya a tratar en este blog,
pero por resumirlo un poco, me quedo con la frase que me dijo una compañera
antes de irme “ya sabes hija, aquí el que tiene padrino, se bautiza”. Yo no tenía
padrino y por eso me había preparado para este desenlace a lo largo de todo el
tiempo.
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Muy
buenas palabras de casi todos mis compañeros a mi marcha, algunas me
emocionaron profundamente, pero así y todo conseguí reprimir el llanto. Hablé más
aquel día con algunos de ellos que en los seis meses que he estado allí. Procuré
mantener la sonrisa y en todo momento desearles lo mejor a todos. “Sólo te
deseo felicidad”. Esas simples palabras llenaron mi corazón. “Gracias”. Y cerré
la puerta con un suspiro y una sonrisa.
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Dediqué
la tarde a arreglar los papeles del piso con la casera y a recoger todo lo que
todavía restaba entre aquellas paredes. Tomé varias fotos, cuando no lo había
hecho apenas durante todo aquel tiempo, supongo que en el fondo soy una nostálgica
y me encanta mantener recuerdos de todo. Me sentía rara, con una mezcla
agridulce en cabeza y corazón. “No te preocupes, es normal, cierras una etapa y
abres otra nueva” - me dijo Sara.
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Por la
noche puse una de mis películas preferidas pero con el cansancio acumulado no
aguanté a verla entera. Me fui a la cama sabiendo que era mi última noche allí
pero apenas me dio tiempo a reflexionar sobre ello. Estaba rendida.
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Me
levanté muy temprano, sin haber descansado lo necesario, para terminar de
recoger todo. Lo peor resultó ser meterlo al coche de tal forma que cupiese. De
repente las infinitas horas que pasé jugando al tetris en mi infancia
parecieron servir de algo después de todo.
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Y
por fin cerré la puerta, arranqué el coche y realicé el camino de todos los días
por última vez. Dije adiós con la mano a mi lugar de trabajo y me sentí
preparada para ponerme camino a casa.
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El
paisaje estaba precioso, no sé si alguna vez lo ví tan hermoso como esta última
vez. Las montañas de Somosierra, la meseta castellana. Un cielo azul inmenso se
abría ante mis ojos y parecía decirme “Todo irá bien”.
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Y
llegué a casa… y Ethan salió a recibirme muy efusivamente. Para él también se
abría una nueva etapa ese mismo día, aunque todavía no lo sabía. O tal vez sí. Con
tristeza le dije adiós. Unos vienen, otros se van. Paradojas de la vida.
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Pero
yo estaba en casa, de vuelta en casa.
Dicen
que el hogar es aquel lugar donde más feliz has sido. Ahora sé dónde está mi
hogar. |