Han pasado ya cuatro años desde que la tragedia que acaeció el 11 de marzo de 2004 en Madrid, encogió nuestros corazones.
La primavera estaba cerca, era jueves y yo estaba subiendo por las escaleras de la universidad. Tenía clase de prácticas, en el segundo piso. En el descansillo del primer piso, me encontré con un amigo que me dio la triste noticia: “¿Sabes la que han armado los cabrones de ETA?” –“No, no he oído nada”; “Pues han puesto bombas en varios trenes en Madrid, han muerto más de 30 personas”. Al igual que con otros atentados, una rabia recorrió mi interior, y no conseguí centrarme en la clase que seguía a pesar de que todavía no conocía la magnitud de lo ocurrido. Dos horas más tarde hicimos parón silencioso de cinco minutos en la puerta de la universidad.
Sólo al llegar a casa y ver las horripilantes imágenes que cada minuto la televisión me brindaba, me di cuenta de que aquel día no iba a caer en el olvido. Gente mutilada, muertos, desesperación, sangre, lágrimas, teléfonos móviles sonando sin parar... casi podía oler el dolor y masticar la tragedia.
Casualmente estaba en mi casa mi prima de nueve años. Estaba conmigo viendo esas terribles imágenes y me preguntaba qué había pasado. Yo no supe qué responderla, ¿cómo explicar a nadie que unos malnacidos decidieron un día terminar con las vidas y las ilusiones de tantas personas?. Sólo tenía muchas ganas de llorar, y no me sentía capaz de explicar algo que yo misma no lograba comprender.
Me pasé la tarde entera viendo los programas especiales, viendo el dolor de todo Madrid y sufriendo con él, sintiéndome por una vez y más que nunca, madrileña de corazón. Al rato subí a mi habitación para navegar por internet. Entré en una de mis comunidades favoritas y allí vi un mensaje titulado “día triste para España” donde gente de todo el mundo nos mandaba mucha fuerza. También había mensajes muy racistas en los que por primera vez vi que fuera de España se había anunciado que los atentados los había reivindicado la asociación islámica Al-Qaeda. Yo no daba crédito a lo que leía.
“¿Por qué?” Sólo esa palabra rondaba mis pensamientos.
Las horas siguientes transcurrieron en la lonja de una amiga donde acostumbrábamos a hacer fiestas. Lo cierto es que mis ganas de fiesta estaban reducidas a un infinitésimo, pero dio la maldita casualidad que eran las fiestas de nuestra facultad y mis amigas me animaron a salir. Nada más llegar a la lonja me informaron de que las fiestas se habían cancelado en solidaridad con las víctimas del atentado. Así que el plan fue diferente al de otras veces, no hablamos de temas insustanciales ni de bromas. Hablamos de dolor. Del dolor que todos sentíamos en esos momentos. Con rabia, intentamos buscar una razón que nos resultó imposible de encontrar.
Al final salimos un rato por los bares. Había mucha gente de clase que estaba "de fiesta". Algunos se quejaban porque habían suspendido las fiestas. A otros les daba igual porque se habían formado ya la fiesta por su cuenta. Un amigo me dio un ribón negro que no dudé en llevar en mi solapa en señal de duelo por los dos meses que siguieron a ese día y que todavía guardo en un rincón de mi habitación.
El 12 de marzo tuvo lugar la manifestación más multitudinaria de la historia de España. Fue un día triste en el que hasta el cielo lloraba sobre Madrid. Millones de personas, que a pesar de lo que llovía, se quitaron los paraguas y alzaron sus blancas manos al cielo gritando “Así, así, así lucha Madrid” (recuerdos inevitables a la revolución de los Claveles en Portugal). Fue una sensación indescriptible que nos hizo ver luz donde sólo cabía oscuridad. Mi corazón lloraba a la par que se batía enorgullecido por la reacción tan valiente y hermosa que mis compatriotas mostraban ante la más profunda indignación y un enorme dolor.
Cuando acabó, subí a mi habitación y busqué entre apuntes viejos una paloma blanca que pinté ante el secuestro de mi paisano José Ortega Lara hacía ya muchos años. Cogí esa paloma y la pegué en mi balcón, mientras centenares de lágrimas recorrían mis mejillas sin poder evitarlo.
De lo demás que aconteció en los días sucesivos, sólo destacaré que el día 14 de marzo hubo elecciones generales. Nunca había ido a votar, nunca hasta ese día. Y lo hice solidarizándome con todas las personas que perdieron a alguien ese fatídico 11 de marzo. Este día hizo un sol de justicia, indicándonos que después de la tormenta siempre llega la calma; y que ese era el momento de seguir hacia delante.
Seguir hacia delante... parece fácil cuando has tenido la inmensa suerte de no perder a nadie en esos trenes, pero ¿qué pasa cuándo sí lo perdiste? A lo largo de esta semana he visto y leído varios reportajes. El dolor del 11 de marzo desde varios puntos de vista. Niños que perdieron a sus padres. Padres que perdieron hijos. Médicos. Bomberos. Voluntarios que ayudaron a transportar a los enfermos. La historia de un hombre que murió mientras ayudaba a algunos heridos que viajaban en los fatídicos trenes. Personas mutiladas, con piernas amputadas o tímpanos reventados. Gente que vio morir a un amigo. Tantas historias que en el fondo son la misma.
Aquel negro día de marzo sus vidas dieron un cambio radical. Todos aprendieron algo, todos aprendimos algo. Casualmente todos comentaban que habían cambiado sus escalas de valores. Ya no querían volver a hacer planes. Algunos tuvieron que echar valor para volver a aprender cómo caminar; otros tuvieron que esforzarse por volver a sonreír. No obstante, yo quiero quedarme con el testimonio de una mujer que, si bien lo cierto es que tuvo suerte dentro de lo que cabe porque vive para contarlo, perdió una pierna, sufrió de múltiples quemaduras y le quedan secuelas en la audición. Al despertar del coma, cuando los médicos le preguntaron cómo estaba, lejos de lamentarse por todo lo que la había pasado, se echó a reír y gritó: “¡Estoy viva!”.
A día 11 de marzo de 2008, cuatro años después del día en que la injusticia y la insensatez irrumpieron en Madrid, para posteriormente demostrarnos que frente a la violencia el grito más fuerte es PAZ, y para salir adelante tras una desgracia, no hay nada más necesario que una sonrisa. |