LOS BURKAS DE OCCIDENTE. Esas pequeñas cosas con las que convivimos (Personales)
Domingo, 11/05/2008
SE MURIÓ EL HÉROE ROMÁNTICO
Sus fueros, sus bríos,
sus premáticas, su voluntad.
Con esta cita de El Quijote empieza Espronceda su obra, para mí, más bella, El estudiante de Salamanca.
Voluntad,
esa voluntad que tienen todos los seres románticos… para mí es la
clave, la férrea voluntad, de los personajes y personas románticas,
sean del siglo XVIII o sean del XXI. La voluntad es igual a
romanticismo. Una voluntad incansable e incesante, infinita, porque
saben, en el fondo, los seres románticos, que jamás van al alcanzar su
meta, porque es irreal, porque en el fondo no la quieren, no quieren
hacer realidad sus deseos. Sólo quieren “desear”. Y saberse deseados,
por supuesto.
Ni el porvenir temió nunca, ni recuerda en lo pasado. Siempre en lances y en amores, siempre en báquicas orgías.
Así describe el poeta
a Félix de Montemar, ese don Juan romántico -mucho más don Juan que el de Zorrilla, dónde va a parar- que vive su presente, sin
pensar en consecuencias futuras ni en aprender de los errores del
pasado. Capaz, con la palabra –no existe don Juan parco en ellas, de lo
contrario es una parodia y esos no interesan- de ser más hermoso que
con su caballeresca apostura,
agilidad y bravura ninguno alcanza a igualar.
Pobre Elvira, la dama engañada. Se muere, como buena heroína romántica
y trágica, como una perfecta idiota, de amor. Se muere "de amor". Y encima se lo cuenta al latin lover en
una carta… la muy pazguata...
Voy a morir: perdona si mi acento vuela importuno a molestar tu oído: Él es, don Félix, el postrer lamento de la mujer que tanto te ha querido. La mano helada de la muerte siento... Adiós: ni amor ni compasión te pido... Oye y perdona si al dejar el mundo, arranca un ¡ay! su angustia al moribundo.
Toma momentazo romántico. Me importa poco que digan
que esta carta se parece a la de Julia, del Don Juan de Lord Byron. El desgarro de
las palabras de Elvira no le llega ni a la suela de los zapatos, aunque
sean sólo topicazos románticos.
Pero
Félix, cuando Diego de Pastrana le pide cuentas por la muerte de su
hermana, el superhéroe romántico parece, en dos versitos, ante nuestros
ojos, desmontársenos. ¿Dónde está mi héroe idealizado?
Don Diego, mi delito no es gran cosa. Era vuestra hermana hermosa: la vi, me amó, creció el fuego, se murió, no es culpa mía; y admiro vuestro candor, que no se mueren de amor las mujeres de hoy en día.
Cretino. Qué sabrás tú de que se mueren las mujeres
de ayer y las de hoy en día. Tú no tienes ni idea. Cretino, te repito,
que eres un perfecto cretino. Te vas, al infierno, derechito.
y fuerais vos Satanás, con sus llamas y sus cuernos, hasta en los mismos infiernos, vos delante y yo detrás, hemos de entrar.
Menos mal. Pensaba que, encima, te rajabas. No
podías haber llegado a más. Tienes que seguirla, hasta el final. No estoy yo hecha para
leer historias de cobardes. La mismísima Muerte, esqueleto vestido de
blanco, le pide la mano para sus esponsales, en ese peregrinar eterno, por las oscuras calles de mi Salamanca...
Es para volverme loco, si insistís en tal porfía; reina mía, yo hago mucho y hablo poco.
La acción. Hacer sin pensar para no padecer. Vamos allá.
Siento me enamora más vuestro despego, y si Dios se enoja, pardiez que hará mal: véame en vuestros brazos y máteme luego.
Para mí no hay nunca mañana ni ayer. Seguid, señora, y adelante vamos: tanto mejor si sois el diablo mismo.
Cómo no, resulta que sí, no podía ser de otra
manera: el Diablo, como de costumbre, vestido de mujer, que viene a
buscar al malo, malísimo. Ni desengaño romántico, ni búsqueda del
imposible, ni voluntad ni ocho cuartos; se trataba sólo de darle su
merecido:
en forma de mujer y en una blanca túnica misteriosa revestido, aquella noche el diablo a Salamanca había en fin por Montemar venido!...
Por estas cosas, aunque sea una romántica perdida,
no acaba de convencerme la literatura española del Romanticismo. Al
final, siempre se cuajan. El joven Werther, el de Goethe, al menos se
suicida él mismo, pero aquí, ay, pena, penita de país, indesligables
siempre del catolicismo…
Y si, lector, dijerdes ser comento, como me lo contaron, te lo cuento.
Aquí
estoy yo, dibujada por Bécquer (podéis ir a verme a Madrid al Museo
Romántico) con mi nuevo vestido blanco Como las modas cambian, me lo he
cortado, pero a ver si hace sol, deja de llover y puedo estrenarlo...
¿Llevamos burka las mujeres occidentales? Evidentemente, no. Nosotras somos libérrimas, amas y señoras de nuestro propio destino.
Qué triste me parece que, de veras, nos creamos completamente esa milonga de la igualdad, de los derechos, de la absoluta libertad.
Esos pequeños –y grandes- burkas con los que convivimos diariamente las mujeres del avanzadísimo, desarrolladísimo y cultísimo occidente en el que nos ha tocado, por suerte, vivir.
Pero...¿Y SI TODO ESTUVIERA DICHO YA? LA MÁS HERMOSA DE LAS MENTIRAS, LA LITERATURA, TIENE TANTO QUE DECIR...
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