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De niña el mar me deprimía. Como era una niña gorda y melancólica, aunque no lo pareciera –sólo yo entiendo la importancia del “ser” y del “parecer” en mi vida, qué condena, toda una vida intentando ser auténtica mientras los demás ven lo que no es y sólo tú misma y tu duplicidad sabemos la verdad-, supongo que la bajada de tensión que me producía la cercanía al mar me alteraba la percepción y todo me parecía.
En esa edad absurda de los doce a los catorce en los que todo te aburre y lo odias todo, yo odiaba la playa. Aquellos años, hasta que conocí a mi pandillita quinceañeril de Peñíscola, las vacaciones con mis padres, en verano y Semana Santa eran una auténtica tortura. ¡Pobres padres míos, que se dejaban una pasta en apartamentos, en llevarnos a hoteles, mientras yo sólo quería quedarme en casa!
Odiaba la arena que se metía por todas partes, el mar que me escocía en mis comidísimas cutículas y sobre todo, ponerme en bañador, el horror, con mi cuerpo sin formar, mis complejos y mis obsesiones, normales, por otra parte, porque que tire la primera piedra quien jamás se haya sentido ajeno y enemigo de su cuerpo. Eso es lo que era también el espejo, un enemigo que te exponía sin compasión a todo tu horror.
Ahora también estoy en la playa. Hace un sol espléndido y ya empiezo a adquirir mi tono de piel color Shakira, mientras se me aclaran un poquito mis preciosas mechas rubias. Paseo por la playa, leo, con mis zapatillas doradas y mis gafas –cuánto echo de menos las Dolce & Galbana, olvidadas…- pero, aunque ayer me asaba de calor no tuve el valor de ponerme en bikini en una terraza mientras me tomaba una caña. ¡Todavía estoy superblanca y tengo que ir a mis clases de danza para que mi barriga no se caiga…!
Al minuto, mientras leía mi precioso y nuevo libro “Juan Ramón, las mujeres y el amor”, observo a una señora de unos cuarenta. Yo no me he atrevido y ella, dignísimamente, se ha quitado la camiseta. Qué valor, la tía, con esas lorzcillas que le cuelgan, con ese tono lácteo de marzo…
Entonces pensé que soy idiota. Ni a los catorce era un horror ni lo soy ahora. Soy, simplemente yo, diferente e igual que los demás. Hace mucho, mucho sol hoy… qué maravilla… haré compañía a la señora de cuarenta, yo rondando mis treinta, con toda la dignidad, con mi bikini yo también. Faltaría más.

Ahora, que tengo una "nueva playa", mía para siempre, echaré de menos mi "ciudad de las hadas". Así llamaba la niña Redonna a Peñíscola en sus sueños, con ese castillo, con esa melancolía que lo caracteriza... |