Viajé a Egipto hace años y quedé fascinada por el mundo musulmán. Aprendí que se descalzan al entrar en las mezquitas por un motivo lógico y es que luego rezan con la cabeza pegada al suelo, por lo que se trata de una cuestión higiénica. Se separan hombres y mujeres para el rezo por la difícil postura: a mí tampoco me gustaría, mientras practico un rito tener a un maromo detrás mirándome el culo. El guía, ante la impertinente pregunta –por el lugar, en mitad de la mezquita de Alabastro, donde la devoción a mí incluso me hizo unos instantes pensar en abrazar su religión- de un compañero de viaje sobre “por qué las mujeres van tapadas” respondió:
"mi mujer va descubierta, créeme, pero si para ti hombres y mujeres son la misma cosa, no podemos continuar hablando" A mí me fascinó aquella respuesta, porque estaba alucinada por aquel apuesto musulmán que cada noche le decía a mi pareja “l
o hermosa que era, lo bellísima que me ponía para las cenas”. Nunca me lo dijo a mí, y así, en broma, se lo dije una noche. Sonrió y al día siguiente volvió a alabarme, siempre a través de mi pareja, nunca a mí, directamente. Era Ramzy un hombre cultísimo, que hablaba un español perfecto aprendido en el Instituto Cervantes de El Cairo que nos habló de que en Egipto, la poligamia, el maltrato y otras posturas fundamentalistas estaban ya desechadas. Sería, como si yo os dijera, relataba, que en España todos los hombres van de putas porque en mi viaje por tierra de Madrid a Barcelona pude contar más de doscientos Clubs de carretera.
Basada en esas experiencias, en lecturas y en otros viajes a países musulmanes –siempre acabando la jornada en hoteles de cinco estrellas, como el
Conrad Istambul o el
Conrad Cairo, porque me gustan sus lujuriosas habitaciones, con zapatillas y albornoz bordados, comparados con Europa, a precio de saldo- se desarrolló en mí un aprecio y comprensión al mundo musulmán, a sus gentes y a sus doctrinas, a su especial manera de ver la vida.
Acabo de terminar
Mil soles espléndidos, del escritor afgano Khaled Hosseini, desarrollada en los últimos años de la triste historia más reciente de Afganistán, así que ya puedo levantarme el castigo que me impuse en el último post por ser tan cretina y tan necia. No desvelaré ningún aspecto del libro, porque, de veras, recomiendo su lectura y a mí no me gusta ponerme frente a una novela de la que conozco demasiados datos de antemano. Pero hay un personaje, un personaje oscuro y lastimero al que cuestionas y detestas en las primeras páginas pero al final del libro rindes a sus pies tu tolerancia. Dice, en un momento:
“como la aguja de brújula apunta siempre al norte, así el dedo acusador de un hombre encuentra siempre a una mujer. Siempre.” Y entonces, no la entiendes. Tampoco entiendes cuando esa mujer, al principio también, dice que algo tan hermoso como la nieve, para ella es:
“el suspiro de una mujer a la que han ofendido en algún lugar del mundo. Todos los suspiros suben al cielo, forman nubes y luego se deshacen en trocitos diminutos que caen silenciosamente sobre las personas, para recordar cuánto sufren las mujeres como nosotras”. Cada página, como decía, es una gran bofetada y a la vez un suspiro de alivio por ser occidental, por vivir en país que me permite elegir si quiero o no leer y estudiar, por llevar el rostro descubierto y porque es delito que me discriminen por mi sexo. Mariam, una de las protagonistas, se queda extasiada al contemplarme a través de la rejilla de su burka
“fumando al volante de un coche, con las uñas largas, pintadas de rosa o de naranja, caminando sobre tacones altos y con prisa […] con título universitario, en despachos propios… Todas ellas dejaron perpleja a Mariam que de pronto fue consciente de su propia inferioridad, de su aspecto vulgar, de su falta de aspiraciones, de su ignorancia.- Hace tiempo escribí un post dedicado a una niña cuyos padres musulmanes se negaban a llevarla a la escuela sin velo. A priori, su postura y la de la escuela –que se negaba a aceptarla si no se descubría- me parecían estúpidas y dediqué una carta a la niña, única víctima de aquella historia -
“Leer: Querida niñita del velo…”- Entre otras majaderías, decía, que si yo aterrizara en un país cuyas mujeres se raparan la cabeza, por el motivo que fuera, yo no lo haría jamás, aunque fuera la única que llevara los cabellos largos. Me negaría, lloraría y patalearía. Tendrían que obligarme y coaccionarme para que yo metiera las tijeras en mi melena. Si, como las protagonistas Laila y Mariam, en Afganistán, tuviera que seguir a rajatabla las siguientes reglas, no tendría su arrojo y su valentía, su fuerza y su pasión, su amor y su sumisa rebeldía, seguramente porque sin el derecho a una sola cosa de esta lista, yo me moriría…
Mujeres: escuchad y obedeced:
Permaneceréis en vuestras casas. No es decente que las mujeres vaguen por las calles. Si os descubren, seréis azotadas y enviadas a casa. Se prohíben los cosméticos, las joyas y la ropa seductora. No miraréis a los hombres a los ojos ni hablareis a menos que os dirijan la palabra. No reiréis en público, si lo hacéis seréis azotadas. Se prohíbe a las niñas asistir a las escuelas: todas las femeninas quedan clausuradas. Se os prohíbe trabajar y si se os halla culpables de adulterio, seréis lapidadas. Laila, cuyos padres la educaron en la libertad -su padre profesor de Literatura, ya no se puede pedir más a ese genial
baba, yan, que significa "padre querido"- y ella tiene que cambiar de un mundo a otro, de un día para otro, en su propia ciudad, cuando su marido le espeta:
- Te creías muy lista, por leer libros y poemas ¿de qué te sirve ahora eso? ¿quién te ha librado de la calle, tu inteligencia o yo?- Y ella, que sabe que esas palabras, en su terrible contexto son terriblemente ciertas, se rinde a la evidencia.
Y tú, mi querida, sapientísima y dulce
Mariam yan… yo sí que te admiro a ti, tú sí que me has dejado perpleja a mí, aunque no vayas maquillada, ni lleves las uñas pintadas… Tu voz y tu sentir quedarán siempre en mi memoria, no me admires por fumar mientras conduzco, por mi título universitario o porque consigo cosas sólo mirando a los ojos de los hombres… tú si eres una gran mujer, una princesa y una sultana, la
nur que ha abierto mis ojos, un ejemplo que me recordará cada mañana lo estúpido de mis frívolos lamentos, lo accidental de la suerte y, sobre todo, tus ganas de vivir aunque sea en el infierno y de ser capaz de sonreír, con tu dentadura destrozada por las palizas, a través de tu burka…