Cuando era una niña soñaba con tener la colección más grande de Barbies del mundo. Anhelaba cada Navidad la noria de las Barriguitas y la caja de 24 colores de pinturas Plastidecor, el tocador de Chabel y la Granja de Pin y Pon. Nunca fui una niña que soñara con tener una mascota. Odiaba al periquito azul de mi abuelo, tuve un pez llamado Macario que acabó viviendo también con mis abuelitos y un hamster horrible que jamás se subió en esa rueda en la que se suponía que haría mis delicias y.Como era una niña muy glotona, acabé comiéndome sus pipas. Nunca en mis sueños apareció la idea de tener un perro. Me han dado siempre miedo, un poco de asco y de respeto. Al entrar en casas de personas que los poseen me da la sensación de que todo está lleno de pelo, que todo huele a sus excrementos y que en las patitas de esos animales anidan miles de malignas bacterias. Soy una obsesa de la pulcritud y de la limpieza –que no del orden-, me lavo las manos unas veinte veces al día y soy muy escrupulosa. Por eso, los animales y, en general, cualquier tipo de mascota, me causan bastante rechazo y no me inspiran ternura alguna sus hociquitos babosos.
Según el filósofo francés Pascal, “le cœur a ses raisons que la raison ne connaît point”, que significa que "el corazón tiene razones que la razón no entiende". Eso me ha debido pasar a mí y por eso mi perro se llama Pascual.
Pascual
es pequeño, peludo; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Sí, Pascual es tan dulce y tan bonito como Platero, aunque el burrito no se hacía sus necesidades por el brillante parquet del apartamento de Juan Ramón ni se intentaba subir a sus preciosos sofás de cuero blanco o comerse las esquinas de la alfombra de La Oca. Nada de todo esto me importa.
Pascual me mira con su carita de chiquilicuatre, de zascandil y de mequetefre, me gruñe, juguetea o lloriquea mientras muerde mis zapatillas y me sigue por toda la casa, desorientado, perdido, a veces triste porque tiene sólo tres mesecitos y todavía no puede salir a la calle. A mí me parece que no huele a nada, que no se le cae el pelo y que no tiene babas porque no me gustan nada los perros pero sí me encanta Pascual.
Espero ser siempre consciente de que mi perro es un perro, que no entiende ni entenderá jamás el español ni ocupará nunca el lugar de las personas. Cuando alguien le tenga miedo no diré ese estúpido “tranquilo, no hace nada” porque es mi perro y mi responsabilidad y no tengo por qué imponerle a nadie que le guste o que le quiera.
Esta noche lloraba porque extrañaba a su madre. Como yo no quiero ser por ahora mamá tampoco tengo ninguna intención de ser la suya pero Pascal tenía mucha razón y por eso le ha dado su nombre, porque vivirá conmigo sólo por una razón del corazón. Me importa muy poco que mi razón esté enfadada porque tiene que fregar el suelo cada dos por tres e intuyo que mañana iré al instituto durmiendo menos de lo normal pero es que … mirad… os presento a Pascual…