LOS BURKAS DE OCCIDENTE. Esas pequeñas cosas con las que convivimos (Personales)
Jueves, 01/11/2007
MUCHO, MUCHO, MUCHO MIEDO...
El miedo es uno de los peores sentimientos que pueden experimentarse. Yo soy una persona muy miedosa, bastante sugestionable y que se asusta con facilidad. Sobre todo me aterra la muerte, porque nunca me ha mirado cara a cara y la idea de envejecer, quizás por ser demasiado vanidosa. Tengo un miedo patológico a los pájaros, especialmente a las palomas y las gaviotas, a los callejones oscuros plagados de sombras, a las imágenes de las iglesias, a conducir por carretera y a las películas con monstruos que no se ven pero acechan el subconsciente. Me causa pavor, también, el ridículo.
Jamás entraría en uno de esos túneles del terror, donde actores y actrices dan vida a todos mis terrores infantiles. Soy un miedica, una cobarde que a mis veintinueve años no he desarrollado aún un mecanismo de gestión para controlarlo. Sencillamente, me pasmo, por no decir algo mucho menos glamouroso. Me paralizo, me quedo inmóvil y siento algo parecido a tener toda la sangre de mi cuerpo en la cabeza. Cuando estoy teniendo una pesadilla, a veces soy capaz de despertarme en mitad del terror y seguir durmiendo. En la vida real, no, pero resulta fácil alejarse de las cosas medianamente tangibles que me causan pavor. No suelo conducir sola, soy capaz de cruzarme de acera si veo una paloma o un individuo que me acechan y evito ir a lugares escatológicos. Luchar, en cambio, contra los miedos que no se ven, que no los tienen ojos vítreos ni canturrean tétricas melodías en mitad de la noche, es mucho más complicado.
Atardecer en el paseo Karl Johann, de Munch.
El mejor modo de huir contra el miedo es no hacerle mucho caso. Cuando viene, huésped incómodo y plasta, lo mejor es darle de lado. Dejarle pasar, porque si no pasará todo el día llamando a tu puerta, pero no hacerle ningún caso. ¿Has decidido quedarte? Yo pensaba salir, pero no estás invitado. Y te pones, hasta que te marchas, a ordenar cajones, a remover entre los armarios, a hacer cualquier cosa que mantenga tu cabeza ocupada para ver si se da por aludido y decide marcharse. Acción... acción frente a contemplación...
Unamuno era también un hombre bastante miedica. Pobre don Miguel, qué existencia tan agónica la de este escritor, qué hombre tan torturado por el ser y por el creer, creador de personajes tan amargos como la pobre Tía Tula –torturada por el deseo reprimido hacia su cuñado- o tan desgraciados como el pobre Augusto Pérez, capaz de presentarse delante de su creador para implorarle que no le condene al suicidio y por eso me da también tanto miedo leer Niebla sola, porque me imagino siempre a un demiurgo con las barbas de Unamuno tras de mí, tirando de los hilos de mi destino…
Pero el más agónico de todos sus personajes es Manuel, el párroco agnóstico condenado a alimentar la fe de toda su pueblo, protagonista de San Manuel Bueno Mártir. Todo un alarde de inteligencia emocional, el hombre acción, era este bueno de don Manuel, cuya vida nos relata en primera persona Ángela Carvallino, la oveja más fiel de su rebaño. Ella, absoluta y totalmente embelesada por él, nos relata en primera persona, para que nos lo creamos más y mas, la vida de un hombre que vivió aterrado por su falta de fe y como la contemplación le resultaba infructuosa y le torturaba, se dedicó a la acción.
Su vida era activa y no contemplativa, huyendo cuanto podía de no tener nada que hacer. Cuando oía eso de que la ociosidad es la madre de todos los vicios, contestaba: «Y del peor de todos, que es el pensar ocioso». Y como yo le preguntara una vez qué es lo que con eso quería decir, me contestó: «Pensar ocioso es pensar para no hacer nada o pensar demasiado en lo que se ha hecho y no en lo que hay que hacer. A lo hecho pecho, y a otra cosa, que no hay peor que remordimiento sin enmienda». ¡Hacer!, ¡hacer! Bien comprendí yo ya desde entonces que Don Manuel huía de pensar ocioso y a solas, que algún pensamiento le perseguía.
San Manuel Bueno, Mártir, Miguel de Unamuno
Para leer la obra completa AQUÍ (es cortita y merece la pena leerla, si es que no se hizo ya en el COU de Letras...)
¡Ay los miedos! Redonna … lo que no podría contar yo .. (¡no tan bien como tú, pero bueno!).
Me ha gustado leer tan abiertamente los tuyos … la verdad es que yo cada vez tengo más miedo a “tener miedo” … porque me pone de cara con “mi realidad” … la de sentirme en peligro (verdadera razón fisiológica por lo que tenemos que sentirlo, por lo visto), pero … saber que ¡¡somos humanos!! … y que hombres de la talla (en todos los sentidos) de Miguel de Unamuno también eran “miedicas” .. me hace sentir mejor .. ¡fíjate! …jajaja …. como cuando me enteré que la escritora sueca Elfriede Jelinek, que le concedieron el Nobel del Literatura en 2004 no iba a ir a recogerlo porque padecía “fobia social” … ¡ahí es nada! …
Comentario de: ella [Visitante] Viernes, 02/11/2007 - 10:34
al fin y al cabo el miedo es la faceta casi más infantil que conservamos, yo también soy muy miedosa, y mis miedos son absolutamente irracionales pero ahí están...
quizá sean importantes después de todo
Ahora a lo que más miedo le tengo es a la enfermedad, porque he tenido vértigo y eso suele repetir. Creo que es mejor ser miedoso que imprudente. Un beso
Unamuno, con sus miedos y sus obsesiones, tuvo, no obstante, una energía caudalosa para iluminar la vida española durante varias décadas. Probablemente sea el pensador vasco-español más intenso que haya existido. Lo suyo es el llamado "sentimiento trágico de la vida" que comparto en buena medida. Los miedos son asfixiantes pero también nos acercan a nuestro verdadero centro. No hay individuos sin miedo. Todos tenemos los nuestros.
Comentario de: Redonna [Visitante] Sábado, 03/11/2007 - 11:30
qué alegría, Marta, verte por mi blog.
Joselu, profe, gracias por "venir" por aquí y por tus comentarios. ¿Sabes que me haces sentir un poco "alumna"? Bueno, en el fondo alguien que tiene mucha culpa de que yo sea profesora me dijo una vez que ser profesor implicaba ser toda la vida alumno, ¿no crees? Gracias, de verdad.
Sí, es inevitable esta identidad profesoral en quien ha hecho de su profesión el centro de un blog. No obstante, me encuentro más con mi propia identidad cuando me pienso como viajero, como lector, como comunicador. A veces siento una inclinación a cambiar de blog y desarrollar otro de estructura más libre, más abierto a otras identidades. Gracias por tus comentarios.
¿Llevamos burka las mujeres occidentales? Evidentemente, no. Nosotras somos libérrimas, amas y señoras de nuestro propio destino.
Qué triste me parece que, de veras, nos creamos completamente esa milonga de la igualdad, de los derechos, de la absoluta libertad.
Esos pequeños –y grandes- burkas con los que convivimos diariamente las mujeres del avanzadísimo, desarrolladísimo y cultísimo occidente en el que nos ha tocado, por suerte, vivir.
Pero...¿Y SI TODO ESTUVIERA DICHO YA? LA MÁS HERMOSA DE LAS MENTIRAS, LA LITERATURA, TIENE TANTO QUE DECIR...