No recuerdo exactamente en qué momento comenzó mi obsesión por la vida y obra de Federico García Lorca. No suelen recordarse cómo ni cuándo comienzan a gustarte algunas cosas o algunas personas pero suele tenerse medianamente claro un momento, un lugar, una palabra, una mirada que se cruza. Con Federico no consigo recordar en qué tiempo ni en qué lugar, con qué poema, con qué frase, se instaló para siempre en mi vida.
Soy una persona con personalidad adictiva –tomo demasiado café, fumo, me comía las uñas hasta que me las puse de porcelana-, que se engancha fácilmente a personas, animales y cosas, de género femenino y masculino, en singular o en plural. Sobre todas las cosas, soy adicta a cosas y personas que a mí se me figuran sublimes y, por suerte o por desgracia, tengo una capacidad de sublimación bastante desarrollada.
Federico es uno de mis
cuelgues favoritos. Se aparece frecuentemente en mis sueños. Me habla, me mira y me sonríe, como un íntimo amigo que conoce mejor que nadie todos mis recovecos porque seguramente aprendí a amar, a vivir, a soñar, a reír y a llorar, en una gran medida, a través de sus libros. Como todos los mitos, murió joven, así que siempre que me visita se presenta con su porte indescriptible de señorito andaluz, a los treinta y tantos.

Podría decir un millón de cosas sobre él, como que es el dramaturgo más genial del siglo XX, como que su poesía es la más plástica y brillante de todos los tiempos, que fue asesinado injustamente y que convertía en arte todo aquello que tocaba, pues pintaba, tocaba el piano, bailaba… y tenía ese duende que tienen las personas versátiles e inquietas, enamorando del mismo modo a hombres que a mujeres. Era un ser con una personalidad compleja. Solía ser el alma de las fiestas, era divertido e incluso alguien tan cuerdo y racional como el poeta Jorge Guillén decía de él que cuando Lorca estaba cerca “no hacía ni frío ni calor, sino que hacía “Federico”. Pero era también un hombre torturado por su condición de genio y su condición homosexual, no porque no se aceptara a sí mismo como tal, sino porque la época no era la más propicia para vivir en libertad una sexualidad diferente. Sabía, desde niño, que sería inmortal.
Cuando fui a Granada a hacer la “ruta Lorca” y visité Fuente Vaqueros, Víznar –donde le asesinaron- tuve extrañas sensaciones de alegría y de tristeza, de felicidad y de angustia, de vida y de muerte… Fue entonces la primera vez que él vino a visitarme, una de esas noches que pasé en Granada.
Me despertó con un ramo de violetas. Llevaba puesto su mono de la Barraca, y como Peter Pan se llevó a Wendy en mitad de la noche, Federico y yo salimos volando por la ventana. Sin la petarda de Campanilla, por supuesto.
De pronto se había hecho de día y paseábamos por la Alhambra. Nos sentamos al borde de la alberca del patio de los Arrayanes y comenzó a recitarme el Romance Sonámbulo -
verde que te quiero verde, verde viento verdes ramas- Yo, como no podía mirarle a los ojos, observaba su imagen reflejada en la alberca y le apretaba fuertemente la mano, temiendo que en cualquier momento se desvaneciera entre los reflejos del agua. Al atardecer, empezamos a subir las angostas cuestas del barrio del Albaicín. Federico me tarareaba al oído canciones populares cuando, de pronto, Yerma, la Novia de
Bodas de Sangre y Adela, la hija menor de Bernarda Alba, empezaron a perseguirme, las tres vestidas de blanco. Me acorralaron en un callejón y me miraban amenazantes. Apareció Federico, y para calmarlas, les recitó muy despacito “Ciudad sin sueño”, de
Poeta en Nueva York -no duerme nadie por el cielo, nadie, nadie, no duerme nadie- y se quedaron ahí, abrazadas y extasiadas, como las Tres Gracias.
Nos marchamos sigilosamente, hasta la Huerta de San Vicente, su casa. Era ya otra vez de noche, subimos a la terraza y me presentó a la Luna, mientras me abrazaba. Como yo tenía mucho frío, me llevó al cuarto del piano y tocó sólo para mí canciones de Falla. Clareaba ya el día cuando, sentados en su cama, por fin le miré a los ojos. “Es tarde”, susurró, y se perdió entre la niebla, sonriéndome, mientras a lo lejos se oía el soneto
Tú nunca entenderás lo que te quiero, porque vives en mí y estás dormido…
Dormido. Dormida. Ya no estaba dormida. Me despertó, lo prometo, aquella mañana de septiembre, un aroma de violetas que inundaba toda la habitación del hotel de Granada.