Simonetta Vespucci fue la amante de Giuliano de Medici. Ella era la cortesana más bella de toda Florencia, él el hermano guaperas, triunfador y malogrado en la conjura de los Pazzi, cuando éstos, en misa de doce fueron a matar a Lorenzo y, oh desgraciada vida la de los seres hermosos, fue él el muerto.
Sandro Botticelli inmortalizó a la "bella Simonetta", como era conocida en toda la Toscana, en la mayoría de sus pinturas profanas y sagradas (es la Venus del nacimiento, la Primavera en la alegoría, la Madonna de la Melegrana...) Así, la galería de los Ufizzi es hoy, más que una pinacoteca (que según mi amiga Elena toda la galería es un descrédito a la ciencia museológica) un santuario a esa princesa que nunca tuvo corona. Simonetta forma parte de las diosas de mi mitología personal.
Pero mi cuadro favorito del gran Botticelli no está, casualidades de la historia, en mi querida Italia sino en la National Gallery de Londres. También está, tamaño natural, en mi salón, delante del sofá, para que cada vez que levanto los ojos, mi mirada se pierda en la armonía que proyecta.
Se llama
Venus y Marte y simboliza el triunfo del amor sobre la guerra y la violencia.

Me encanta el rostro de Simonetta-Venus-Diosa del amor, mirando a Giuliano-Marte-Dios de la guerra. Observad su media sonrisa, su serenísima postura y sus vestiduras impecables. Giuliano, roncando ya como un bendito, es ajeno incluso a que los faunos están jugando con sus armas.
¡Mi reino por los pensamientos de Simonetta!