Me encanta el teatro, es otra de
mis aficiones. Cuando sé que tengo entradas para ir a ver una obra paso todo el
día un poco enferma. Me duele el estómago, de los nervios, estoy un poco
alterada –más de lo normal- todo el día.
Me parece un momento único e irrepetible, la literatura sale de los
libros y se convierte en vida frente a mis ojos. Es casi un ritual esperar,
abanicándome con el programa, a que apaguen las luces y, me da un vuelco el
corazón, cuando se escucha: “Señoras y señores, la representación va a
comenzar".
De jovencita estaba en un grupo
de teatro, desde el instituto hasta que acabé la universidad, y ser profesora tiene también mucho de ser
actriz. Supongo que, por eso, ponerme delante de todos mis alumnos cada mañana
es un acto “dramático” que me apasiona. Yo misma soy bastante teatral, en mí
misma, gesticulo, acciono y programo diálogos que luego, eso es lo peor, suelo
llevar a la práctica con toda naturalidad.
Los personajes del teatro español
no es que sean mis favoritos. Quitando a los personajes de Lorca (estoy
tardando demasiado en hablar de ellos pero, llegará, llegará y os aburriré con
mis “lorquerías”, como dice mi madre)
los personajes españoles son bastante anodinos. Eso lo prueba que llevar
al cine una obra española haya sido bastante difícil y los intentos, bastante
mediocres. No existen personajes de la talla psicológica de los ingleses, por
ejemplo. Si tuviéramos que nombrar a un personaje teatral español…silencio, no
se nos ocurre ninguno. Hablando de este tema, alguien me respondió hace poco:
el Tenorio, pero lo decía refiriéndose al de Zorrilla, y sí, tal vez sirva,
pero necesitó un par de siglos para “formarse” desde que Tirso de Molina se
inventara el donjuanismo. Lo siento, mi
querido y bello Don Juan, respuesta equivocada.
Ahondando mucho, me quedo con Segismundo, el de La vida es sueño. Es el único que se
acerca un poquito a la altura de un Hamlet, por ejemplo. Y eso que Hamlet me
cae fatal, me parece detestable y un niñato bastante agilipollado por las
ínfulas de su estatus, que deja de lado a su amor por resolver problemas
familiares. Incluso se inventa que se vuelve loco, el muy ingrato, pensando que
Ofelia le ha traicionado en los asuntos cortesanos. Bastante tiene ella con
amarle como una loca, tanto que se vuelve, de verdad, y no de mentirijillas,
como él, que es un perfecto imbécil. Ofelia sí es un bello personaje, por loca,
por bonita, por hermosa, por tener una muerte que ha inspirado poemas como el
de Rimbaud, pinturas como la de Millais
y convertirse casi en un icono, ahí, flotando sobre las aguas, como una ninfa caída directamente desde el Olimpo:

Las ropas huecas y extendidas la
llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto iba
cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, o como
criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho
espacio. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían la arrebataron a
la infeliz; interrumpiendo su canto dulcísimo, la muerte, llena de angustias.
Hamlet, W. Shakespeare, Acto IV y Ophelia, por Millais, siglo XIX.
Hamlet simboliza para mí al
hombre que deja de lado a su amor por un amor desmedido a sí mismo y a sus
preocupaciones. Tiene grandes diferencias, claro, porque el príncipe lo que
busca es saber quién ha matado a su padre por mandato expreso de su fantasma
pero en el fondo yo creo que lo hace porque, imbuido en un patológico complejo
de Edipo, no soporta ver a otro tío ocupando el trono de Dinamarca junto a su
madre. Todo queda relegado a segundo plano, y la bellísima Ofelia, mientras
tanto, paseándose con sus mejores galas, desquiciada, por el palacio reclamando un poquito de su
atención. Y Hamlet, duro y dale, dejándola de lado, una y otra vez, en busca de su verdad, sin saber qué hacer
con su vida. Ofelia no entiende nada, no comprende por qué, de la noche a la
mañana, su príncipe la repudia y, lo peor, la ignora. Así que enloquece, como
todas las mujeres enloquecemos cuando no nos corresponden.
La cuestión es que Ofelia, la pobre Ofelia, si se hubiera
ido a dar un garbeo por el establo cuando el otro mamarracho no la hacía caso y
se hubiera tirado en repetidas ocasiones al mozo de cuadras, hubiera
acabado tan loca como esperando a Hamlet en la alcoba. Hubiera
enloquecido entonces de remordimientos o, lo peor, se habría colgado del otro,
que seguramente a esas alturas se estaría revolcando con
otras varias y variadas amazonas a las que, a su vez, también acabaría volviendo
locas. |
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