Por casualidades de la vida he acabado viviendo en el barrio en el que estaba mi querido instituto, donde estudié el antiguo BUP y el COU, donde pasé unos años maravillosos y donde unos profesores maravillosos que tuve la suerte de tener, me descubrieron el fantástico mundo de las Humanidades. Sigue estando ahí -algunos de mis profesores también-, esperándome, mirándome con ojitos afectuosos desde sus frondosos árboles, todos y cada uno de los días, y es que los dos sabemos que un día volveré a a entrar en él a devolverle todo lo que me dio.
Todavía entro en las salas de profesores y me saltan mariposillas en el estómago. Ya me voy acostumbrando a lo que soy pero no es fácil asimilar que los sueños se pueden hacer realidad. Yo soñaba, ya a los dieciséis, con ser como esos profesores que me explicaban Literatura, Arte e Historia con pasión, con ganas, con fuerza y vocación. Les recuerdo todas y cada una de las mañanas, cuando enseño como me enseñaron e incluso repito frases exactas al explicar los mismos temas que ellos me explicaron.
Desde entonces la educación ha cambiado bastante y en las aulas españolas tenemos un verdadero cajón de sastre lleno de niños y niñas obligados a estudiar hasta los dieciséis, un pésimo sistema educativo inviable en la práctica y absurdo y falaz en la teoría. Se regalan los títulos de Educación Secundaria Obligatoria y se mercadea con los de Bachillerato. No es que haya que buscar culpables, pero todos, educadores, padres, alumnos y, por supuesto, legisladores que no tienen ni idea de qué significa que te duela la garganta por las tardes o llevar los dedos manchados de tiza, nos estamos equivocando.
Sinceramente, me importa cero. A mí cada día me importan menos los alumnos que no quieren estudiar. Sinceramente, paso de ellos. Los ignoro. Los ningunéo y no gasto ni un gramo de mi energía en tratar de que se esfuercen. Así de pérfida soy, sí señor. Y lo mejor de todo es que se lo digo. Lo mejor es que les espeto que yo ya aprobé hace muchos años la secundaria, que a mí me pagan igual si él o ella estudian o no y que puede traerse su MP3 último modelo a clase mientras no me moleste ni a mí ni a sus compañeros. Me importa cero.
Por el contrario, todavía, siempre, tengo alumnos maravillosos que me miran mientras hablo. Seguramente ninguno de ellos será profesor o profesora de Literatura porque yo no soy tan buena como lo fueron mis profesores pero estoy segura de que serán personas formadas y formales. Alguno de ellos, incluso, llegará bastante lejos.
Este año tengo dos alumnas inmigrantes, de Rumanía y de Bulgaría que me sorprenden todos los días. Una de ellas lleva aquí un año, aproximadamente: escribe bastante mejor que cualquiera de sus compañeros españoles. La otra, sólo lleva aquí un mes, pero es como una vampira intelectual y presiento que antes de Navidad hablará un español casi perfecto. Sus compañeros, los del MP3 y vidas regaladas no tienen ni idea de lo que les espera. Dentro de diez años se los van a merendar. Esto es algo que no les digo, intentando que no sientan animadversión hacia ellas y hacia otros compañeros inmigrantes pero es una realidad que los padres de hoy van a tener que entender y asimilar, sobretodo esos padres que recluyen a sus hijos en colegios monocolor, esperando que la realidad de su futuro sea de ese modo.

Dentro de diez años, las facultades se llenarán de todas mis alumnas inmigrantes. Y digo "alumnas", sí, en femenino, porque la mayoría son chicas. Mientras la mayoría de los niños (masculino) inmigrantes son fracasos escolares, las niñas despuntan como auténticas gatas panzarriba. Es sólo un análisis descriptivo, pero real. Esas pequeñas vampiras intelectuales -a las que les pongo en bandeja mi yugular- no quieren seguir cuidando a nuestros ancianos ni venir a ayudarnos con la plancha. Espero ansiosa el día en el que la cretina a la que confisqué un móvil más caro que el mío y me miró con cara de "verás cuando se lo diga a mi madre" tenga que fregar el portal de Svetlana.