Melibea es otra de mis amigas literarias favoritas. Me desesperan su ñoñería y sus remilgos de damita de alta sociedad hasta que, por fin, bienvenida seas lujuria, es hechizada por la vieja
y sapientísima Celestina y cae rendida sin remedio a los insustanciales pies de
Calisto. Entonces es cuando se vuelve realmente divertida, cuando se baja las puntillas
de su escote hasta el ombligo, se remanga las enaguas hasta la cintura y la
lascivia la vuelve más y más hermosa a cada página.
La hermosura de Melibea es
conocida en toda la ciudad; no hay “doncella”
más lozana que la hija de Pleberio, se comenta por tabernas y mercados. Sus
afeites y vestidos son celebrados entre los mentideros. Si hubiera existido la
revista ¡Hola! ella hubiera sido la portada del especial moda de Navidad, con
su copita de cava en la mano y con un vestidazo granate hasta los pies de John Galliano.
Claro, con esos vestidos,
cualquiera es elegante. Si yo tuviera su dinero y estuviera dándome masajes y
botox todo el día, estaría tan fantástica como ella. El dinero hace la
elegancia.

La divinísima Charlize, con un Galliano.
Falacia.Embuste.Patraña.Paparruchas.
Mentiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiira.
Elicia y Areúsa, las prostitutas que aparecen en La Celestina, entablan
el diálogo, como su oficio,
más antiguo del mundo. Es increible que ya anduviéramos así hace
quinientos años. Melibea sólo es hermosa por sus vestidos y su dinero.
Dice Elicia:
Aquella hermosura por una moneda se compra de la tienda… que si algo
tiene de hermosura es por buenos atavíos que trae: ¡ponedlos a un palo, también
diréis que es gentil!
Responde Areúsa, plasmando el
actual “habría que verla recién levantada, con la carita lavada”:
Pues no la has tú visto como yo, hermana mía. Dios me lo demande si en
ayunas la topases. Las riquezas las hacen a éstas hermosas e ser alabadas, que
no las gracias de su cuerpo.
Evidentemente, nadie se levanta
divina a las siete de la mañana. Evidentemente, unas ropas bien elegidas y un
buen maquillaje hacen verdaderos milagros. Pero están al alcance de todo el
mundo. Quizás no lo estaba al alcance de las desgraciadas de Elicia y Aréusa,
que bastante tenían, las pobres, con encontrar a alguien que les diera un
puñado de garbanzos. Pero nosotras, con Margaret Astor como aliada y Amancio Ortega
poniéndonos un Zara en cada esquina no tenemos excusas.
Que cada cual salga a la calle
como mejor le parezca pero, por favor, no pongamos burkas con abalorios de
vagancia y dejadez a la que decide estar divina de la mañana a la noche, de
Zara o de Carolina Herrera de pies a cabeza. Chapó por la que sale de su casa
con la hidratante como única aliada, la que no necesita retocarse el
pintalabios en toda la mañana y no se ocupa de no repetir atuendo en toda la
semana.
Pero detesto la crítica gratuita (y supongo que gratificante), la
mirada de reojo a la que decide sacrificarse en pro, seguramente, sólo de sí
misma y de sentirse mejor, cuidándose y arreglándose y que además, SE VEA. Detesto ideas como la de “maquillarse sin que
se note”. Pues no te maquilles y sé honesta contigo misma y, sobretodo, con el mundo. |