Leí Madame Bovary hace mucho tiempo. Me impresionó. Emma
es, en realidad, un nuevo don Quijote pero que en esta ocasión enloqueció por
leer novelas románticas y Flaubert, como Cervantes quiso parodiarlas. Ambos
genios acabaron escribiendo, respectivamente, la mejor novela de caballerías y
la mejor novela romántica de la historia.
La releo frecuentemente. Se ha convertido, con los años, en esa amiga
desquiciada pero adorable que todos tenemos o que a veces somos. Me
encanta su absoluto y total desequilibrio, sus elegantes delirios. Su
demencia tuvo su castigo pero Emma no muere en la cama rodeada de los suyos y
con posibilidad de confesión. Su creador no le permitió ese lujo que sí tuvo
Alonso Quijano, el de arrepentirse. Quién sabe por qué no le otorgó ese privilegio
a un personaje del que decía “Madame Bovary soy yo”. A mí, al final, me gusta
imaginar que sólo pensó en su hijita Berth y en Charles, que olvidó a sus
amantes que, como todos los amantes, nunca la amaron y las facturas sin pagar
de sus lujosos vestidos. En mi última relectura me topé con esta descripción
que me fascina:
Nunca Madame Bovary estuvo tan bella como en esta época.
Sus ansias, sus penas, la experiencia del placer y sus ilusiones todavía
jóvenes, igual que les ocurre a las flores, con el abono ,la lluvia, los
vientos y el sol, la habían ido desarrollando gradualmente y ella se mostraba
,por fin, en la plenitud de su naturaleza.

Jenifer Jones en la películo de Minelli, como Emma Bovary.
Yo nunca estuve tan bella como en esta época. Mis amigas, mis compañeras de trabajo, mi hermana o mis conocidas, tampoco. Hace poco me
“soñé” a mí misma como el trasunto de Charlize Theron. Mi amiga Elena me dijo que sólo a
mí podía ocurrírseme una cosa de tal calibre. Esas cosas –como tantas otras-
sólo puedo contárselas a ella. Me tacharían de loca a mí también. Mi
amiga Cárol dice que ella se veía mucho mejor antes pero yo opino lo contrario.
Ayer estaba guapísima, mucho más que a los veinte. Somos las mismas, supongo,
pero con algo de dinero para comprarnos trapos y con un mayor conocimiento de
cosas “imprescindibles”, como las uñas de porcelana, las pedicuras, los
autobronceadores o el serum de Estee Lauder. Nada de estas cosas absurdas
nos ha hecho cambiar sino la experiencia, la madurez y, como dice Flaubert, “la
plenitud de la naturaleza”.
Los años “embellecen”. Que yo diga esto rondando los
treinta no tiene ningún mérito, lo sé, pero hoy quiero referirme, tras mi
bovariana reflexión, al burka de la vejez.
Richard Gere tiene la edad de mi padre y Andy García tiene
más de cincuenta. Sí, a sus años, todavía son considerados hombres atractivos y
deseables. Ana Obregón es el hazmerreír de los programas del corazón por su
novio cañón y jovenzuelo, por sus cirugías y sus minifaldas fuera de tono. Me
pregunto si nadie se ha dado cuenta de las cirugías de mi querido Andy y de
Richard. Por cierto, y siguiendo con famosos (rentabilizo así mi búsqueda en
Google sobre el asunto), Andy tiene la misma edad que la cantante de Marinero de Luces. Nunca he oído que se burlen de esos empresarios que salen
–y se casan y hasta tienen hijos, las tías, vaya estómago, por mucho yate que tenga...¿llamarán a la grua?- con mujeres mucho más jóvenes que
ellos. Lo contrario, oh, horror de los horrores, es siempre motivo de burla. Y,
la verdad, me importan muy poco la señora de las minifaldas y su novio más joven que yo y, en general, todos esos faranduleros
pero es fascinante que una mujer sea “vieja” y un hombre sea “maduro”. Sean
Connery es atractivo mientras que Carmen Sevilla es un adefesio.
Incomprensible: ambos nacieron en 1930. Me pregunto cuánto costará un velo oriental, si hay que
renovarlo cada mes y elegirlo de las mejores marcas, como los tintes que sólo
usan las mujeres porque en ellos las canas son sensuales y aceptadas (y
aceptables). No quiero ni pensar si el temita de la alopecia nos afectara
masiva y tempranamente a nosotras. Menos mal, de algo nos hemos librado. |