Algunas mujeres musulmanas cubren su cabeza, sus cabellos,
su rostro o su cuerpo. Existen diferentes variedades, según la fracción
islámica a la que pertenezcan o su país de origen o residencia. Sinceramente,
no domino el tema y me quizás me equivoque pero, a grandes rasgos, creo que
existen cuatro tipos: el hijab, usado entre las chiíes, combinable con ropa
occidental ya que sólo cubre la cabeza, los cabellos y el cuello; el chador,
que cubre cabello, cuello y llega hasta los pies; el niqab, usado por la suníes,
dejando ver sólo los ojos y, por último, el burka, que cubre a la mujer de pies a
cabeza y deja una rejilla a la altura de los ojos para que puedan ver.
En mis últimos viajes por países musulmanes he visto
mujeres tocadas con hijab, con chador y con niqab, pero ninguna con burka. De
hecho, antes de la invasión de Afganistán ni siquiera sabía de su existencia.
Lo extraño del asunto es que “burka” es
la palabra más usada cuando en Occidente nos referimos a cualquier tipo de velo
que usen las musulmanas con las que cada día más frecuentemente nos
encontramos.
La experiencia más llamativa que he vivido con respecto al
asunto sucedió este verano, en el salón del desayuno del Hotel Conrad, en
Estambul. Un matrimonio con dos niños desayunaba en la mesa contigua. Él,
camiseta de manga corta y pantalones vaqueros, los niños bermudas y camiseta a
juego, con gorritas idénticas. Ella con un niqab, negro, hasta los pies, de una
tela sublime del negro más bello que pueda imaginarse. Se trataba de turistas
de algún país árabe, quién sabe de cuál. Quién sabe como comería aquella mujer,
que se levantaba una y otra vez, detrás de sus hijos que, como suelen hacer
todos los niños en los bufets libres, revoloteaban entre los cuencos de
cereales. Intenté varias veces ver cómo desayunaba, por dónde introducía los
alimentos, si se levantaba el velo o había algún tipo de ventanilla
secreta. Pero fue imposible: estaba en
la última mesa del salón, vuelta de espaldas mientras amorosamente instaba a
sus retoños a terminarse el zumo de naranja. Parecía, exceptuando el tétrico
atuendo, una familia normal. Me hubiera gustado preguntarle a aquella señora si
vestía de ese modo por voluntad propia, del mismo modo que yo llevaba mis
pantalones piratas, mi camiseta de Tous y mis sandalias Clarks. Todas mis
prendas habían sido elegidas por mí (o regalada por mi hermana, en el caso de
la camiseta que llevaba aquella mañana), libremente.
Vi otras muchas mujeres con niqab –la mayoría con hijab- en
Estambul y en Egipto pero ninguna me impresionó como aquella.
Me gustaría saber qué piensan ellas de mi pelo rubio hasta
mitad de espalda, de mi aspecto de Barbie de Mattel, tamaño XL. Es posible que sus
cabellos, bajo el velo, sean mucho más
hermosos que los míos. Es posible que se sientan hermosas con sus velos y, de
hecho, eso lo confirmarían aquéllas que lo lucen combinado con ropas o de
alegres colores.
Existe toda una gran polémica en torno a si deben conservar
o no esa costumbre para su integración en los países a los que emigran. Mi
opinión a este respecto es que si una comunidad de occidentales, de pronto,
aterrizáramos forzosamente en un país cuyas mujeres lucen las cabezas rapadas,
yo mantendría, salvo que estuviera en juego mi vida, mi melena rubia y mechada.
Tampoco afeitaría la cabeza a mis hijas, si las tuviera, aunque fueran las únicas
niñas con coletas de la clase.
Pero el tema de este blog nada o todo tiene que ver con las
mujeres islámicas. Este blog trata sobre las mujeres occidentales.
Bajo sugerencia de otra mujer, mi tía (mi familia es una familia de muchas y grandes mujeres), madre –ella sí- de dos niñas,
escribo algo sobre lo que en silencio he reflexionado mucho tiempo. Los burkas
de Occidente.
¿Llevamos burka las mujeres occidentales? Evidentemente,
no. Nosotras somos libérrimas, amas y señoras de nuestro propio destino. Trabajamos,
estudiamos, nos vestimos como se nos antoja y ocupamos puestos de relevancia en
importantes empresas. Accedemos al mundo laboral con la misma facilidad que los
hombres, a puestos del Estado-, conducimos coches y tomamos nuestras propias
decisiones y ningún hombre nos coarta en ellas. Somos modernas y liberadas.
Cada día, mientras crezco y me convierto en mujer –aunque ronde
los treinta, todavía me considero como una casa a la que falta dar los últimos
retoques para ser habitada- descubro día a día cuántas falacias nos rodean. Qué
triste me parece que, de veras, nos creamos completamente esa milonga de la
igualdad, de los derechos, de la absoluta libertad. Pero este no es un blog a la búsqueda de esa
utopía ni mucho menos un blog feminista. Podría argüir argumentos como que hace menos
de cien años –una centuria, en la historia significa prácticamente nada- las mujeres no teníamos derecho al sufragio en
España o que mi madre, con un sueldo parecido al de mi padre hace cuarenta años
jamás pensó que pudiera continuar con su trabajo tras casarse. No quiero
referirme a estas cosas que, seguro, son analizadas con mucha más precisión en
otros blogs con mayores conocimientos que yo sobre el tema.
Este es un blog en el que sólo pretendo mostrar, hacer
pensar sobre todas esas pequeñas cosas con las que convivimos sin darnos cuenta
y que aceptamos como válidas. Esos pequeños –y grandes- burkas con los que
convivimos diariamente las mujeres del avanzadísimo, desarrolladísimo y cultísimo
occidente en el que nos ha tocado, por suerte, vivir. |