LOS BURKAS DE OCCIDENTE. Esas pequeñas cosas con las que convivimos (Personales)
Viernes, 03/07/2009
CAMINO AL ANDAR...
Empiezan hoy –real y no oficialmente- mis vacaciones.
Mi madre suele decirme –y ya sabéis que tiene siempre razón- que no le extraña que tenga tanto estrés porque no puedo parar. Después de un montón de días de formación intensiva –nunca creí que asistiría a este tipo de cosas…- para mi nuevo reto profesional (voy a pasar de la tiza y el aula el año que viene a estar proyectos pedagógicos y, aunque suene a ascenso, en realidad es que voy a trabajar mucho, mucho más pero me fascina e ilusiona a partes iguales; ya os lo contaré con calma…-) me marcho mañana a Roma. Se supone que a descansar. Qué mentirosilla. Ya estoy pensando en los paseos y rebajas, en birra Peroni en las terrazas, en cenar en Trastevere y, además, una visita fugaz a mi divinísima Toscana…
Lo dicho, que no voy a parar. Que a la vuelta, acabo de colgar, me parece que pasaré el fin de semana (y vuelvo el jueves por la mañana) en la montaña (caminatas, risas, amistad y más cerveza y bocata…) y ya estoy pensando cuando me voy con mis padres a la playa, cuando vuelvo a ir al monte –que ya tengo todo planeado para finales de julio- y qué haré en agosto. Esto es sensacional. La verdad es que qué verdad es que no hay camino alguno que valga, que se hace camino al andar…
El 30 de junio es un gran día. Es el inicio de mis vacaciones (pasé de ser estudiante a profesora casi sin darme cuenta), pero también, en los últimos años, días de despedidas, de adioses, de síes y de noes. No siempre el 30 de junio es ni fue un gran día. Una vez, lo puse como fecha límite para volver de Italia y para mí, docente cuando vivo y cuando sueño, tiene connotación de final. Esta vez, ante un nuevo reto educativo, para mí, inmersa en un proyecto de formación inmenso, sueno a principio.
Os adelanto que el curso que viene voy a sufrir muchos cambios. Todavía están en ciernes, todavía se están gestando –no, aún no estoy de vacaciones, hasta el sábado, que tacháaaaaaaaaaaaaaan, hacia la divinisíma ROMA saldré volando…- pero me gusta la idea de novedad y retos que se me plantea.
Sólo quiero hacer una reflexión en esta noche en la que estoy derrotada por horas y horas de formación en una preciosa habitación, tras sesiones y talleres de reflexión, que si hace un año, exactamente, el día de hoy (ahora recordaré el post…) me hubieran dicho que estaría aquí, ante un reto semejante, no me lo hubiera ni siquiera querido creer. Esto, como veréis, no es sino para intentar haceros ver que no hay mal que dure eterno y que lo fascinante de esta vida es que lo malo y lo bueno son tránsitos inevitables… el dolor no es perdurable pero tampoco la felicidad. Qué estupidez intentarlos hacer perdurar, a uno y a otra, cuando lo hermoso de esta vida es su constante e incesante búsqueda…
Me encanta por eso el genio de Disney, con sus limitaciones, el pobre, las únicas de la vida... ya sabéis, no puedes hacer que nadie se enamore de ti ni resucitar a los muertos... el resto... ¡es todo nuestro!
Siempre he creído que sufro una mitomanía crónica. Cuando digo que soy mitómana no me refiero sólo a que me guste la lóbrega idea de belleza eterna de la divina Marilyn y de James Dean y que me atraigan muchos personajes como Antonio Flores, Grace Kelly, Jim Morrison o Kurt Cobain, por no hablar una vez más de la prematura muerte de García Lorca, otro de los motivos por los que me vuelve loca. No, yo soy mitómana, además de por esa atracción, por una permanente y constante tendencia morbosa a desfigurar y engrandecer la realidad, a mitificar o a admirar exageradamente a personas y a cosas.
Lo cotidiano y lo sencillo no es mitificable, ni adorable ni idolatrable. El fanatismo y los delirios nacen de la ausencia, del acalorado apasionamiento de la desaparición. Sólo es mitificable aquello que es inverosímil, quimérico e inalcanzable. Las entelequias insuperables nos llevan a la alucinación, a la ceguera y a la falta de objetividad. Nos dejamos embaucar o estamos predispuestos a dejarnos enredar. Porque en el fondo los mitos son una estafa, una mera necesidad humana, por ambas partes, de venerar e idolatrar.
Marilyn Monroe estaría hoy al nivel de Liz Taylor pero como era una perfecta desgraciada se suicidó con treinta seis años. Morrison y Cobain eran unos auténticos jonkis, igual que, aunque me pese decirlo, mi querido Antonio Flores. Michael Jackson, un depravado, Grace Kelly y James Dean corrieron la misma mala suerte de los divinos y a Federico lo asesinaron, por cierto, también sin cumplir los cuarenta años. Excepto él, del que nos privaron de verle seguir escribiendo grandes cosas –y, en el fondo, como genio, con una personalidad difícil y oscura, quién sabe qué habría pasado…- todos eran unos perfectos desgraciados que tuvieron la necesidad de morir extrañamente para ser (y saberse, en la mayoría de los casos) inmortales y eternamente jóvenes y hermosos en sus imágenes.
Frank Sinatra murió de viejo pero por ello nunca será el icono que será para siempre Elvis por mucho que la Voz se tirara a la rubia divina y a la mismísima Ava Gardner. No, a los mitos, para que lo sean, eternos y divinos, no sólo tienen que suicidarse ellos mismos o tener muertes abruptas o sin esclarecer, sino que tenemos que matarnos nosotros también.
Aparco, ya está; decidí que alquilaba una plaza frente a casa porque estaba cansada de dejar el coche de aquí para allá. Pienso en que tengo que sacar a Pascual pero no, esta vez me voy yo sola a “barriolear”
Barriolear: de “ barrio” y “-lear”: actividad. 1. intr. Pasear por las inmediaciones del barrio –el de mis padres o el mío actual- sin pensar seriamente en comprar, pensar en hacer recadillos o pequeñas adquisiciones necesarias o innecesarias para el hogar.
Me encanta barriolear. Barriolear es una actividad que me gusta hacer sola o acompañada –mi hermana es una gran compañera en esta tarea- porque es genial y que, a veces, va acompañada de compras –aunque no siempre- pero me sube la moral. Aunque soy adicta a El Corte Inglés, comprar y pasear por el barrio tiene tanto encanto…
Lo dicho, acabo de aparcar. Me dirijo hacia la Farmacia y por el camino, el mecánico –siempre en la puerta del taller, no sé cuándo se dedica a arreglar coches… - me saluda y me pregunta por Pas mientras su cliente-interlocutor le mira inquisidor, quién es esta rubia, por favor… La puerta de la panadería está abierta, sale un olorcillo a bollos fenomenal, no, cielos, la panadera, me va a saludar y voy a entrar a comprar, paso ligero, “¡hasta luego!”… Despacio, veo a Lyn en la puerta de su tienda de todo a cien. Hola bonita, cómo estás, cómo ha acabado el curso… ella me responde sin mirar, me enseña un fular rosa super hortera pensado que me va a gustar, le guiño un ojo y sigo caminando… La papelería…un matrimonio convencional, me sonríen mucho más cuando compro el Qué Leer y el Descubrir el Arte que cuando sólo me llevo a casa el periódico y nada más…La farmacéutica, que es genial, elegante a rabiar, pelo platino y brillantazos a cualquier hora del día, me llama por mi nombre –mi hipocondría es total-, puedo comprarme una cremilla, entrarme a pesar, me regalará muestras, algún neceser… y si no, lo hará la chica de la perfumería –también sabe que me llamo Redonna- o en la lencería, minúscula, siempre encontrará algo que me voy a llevar entre sus cajas, todas desordenadas y por ello con conjuntos de Leyavi y la Perla a mitad de precio.
Es que mi barrio es barrio, pero está en el centro, así que si camino un poco más llego a la avenida y observo que las chicas de la tienda de ropa ya han puesto los descuentos. No, no, no, madame Bovary acaba arruinada por dejarse embaucar y ellas son capaces (“Redonna, te sienta fenomenal…” de venderme en pleno junio un anorak, prefiero pasear… llego a la esteticista, la entro a saludar, me planta dos besos, le pido cita, sin necesidad… Si estuviera abierta la Caja de Ahorros entraría a saludar al chico del mostrador, pero cruzo al estanco, también me preguntan por Pas… ¿Hacía falta algo para cenar? Entro en el super –regentado también por chinos que a mí ya no me tienen desconfianza… mientras, llega un mensaje para tomar unas cañas “Genial, al lado de mi casa”. Allí me dejan entrar con el perro, nos tomamos cuatro y pagamos dos mientras la dueña, una italiana fantástica, nos saca pipas de calabaza…
Creo que era la pobre de Nati Abascal la que, pillada en una fiesta con unas copillas de más, exclamaba, la pobre, con una elegantísima, eso sí, tajada monumental: “Yo quiero a todo el mundoooooooooooo… te quiero a ti, a ti, a ti…”
Yo también, yo también quiero a todo el mundo y, lo mejor, ellos me quieren a mí…
Es la primera vez en seis finales de curso consecutivos que no he recibido ningún regalo de mis alumnos.
Durante todos estos seis cursos que llevo trabajando he tenido regalos de todo tipo a fin de curso: ositos de peluche (dos años seguidos), jabones y sales de baño, velitas, cajas para mi colección, colgantes, pulseritas de mayor o menor valor y eso sí, mis grandes tesoros, tarjetas firmadas por toda la clase, con mensajes de unicidad, gratitud, eres genial, Redonna, la, la , la, la, no te vamos a olvidar… Todos esos detalles, sin excepción, sin observar su material valor, fueron para mí un gran premio, mi auténtico pago, la verdadera razón de mi vocación, la confirmación, sí, señor, Redo, lo has hecho bien, este es tu lugar, sin duda ninguna, campeona.
Este año ha sido duro y no ha habido conexión. Yo empecé muy cansada de la oposición, con pocas fuerzas y alumnos complejos a los que costó mucho simplificar. Clases enormes, grupos variopintos y yo, sin fuerza ninguna, pasando día tras día. Lo he hecho lo mejor que he podido pero lo sé, ahí ha faltado ilusión. Algo ha fallado, algo he hecho mal. No es para tanto la cosa, claro está, y puede ser una coincidencia pero me escama… Miro la pulserita de plata que mis alumnitos del pueblo del año pasado, de 1º de la ESO donde grabaron “Tus alumnos, con cariño” y pienso, reflexiono qué he hecho mal, dónde ha estado mi error porque la cuestión no es que no me hayan regalado nada sino que yo sé que algo no ha ido bien y esta es la simple confirmación.
No me siento reconfortada con mi trabajo, hay algo que se me escapa y lo peor, sigo cansada… Creo que una vez más he corrido demasiado y me he desfondado. Sé que hay alumnos a los que he llegado pero no ha sido algo grupal, algo total y final. He hecho cosas bien, lo sé, pero también me he equivocado. Ahora sólo me queda aprender de los errores cometidos, tomar aire profundamente y parar. Necesito parar. Quedan treinta cursos por delante y mi trabajo, aunque sea una parte importante de mi vida, tiene que ser una parte, nada más.
¿Llevamos burka las mujeres occidentales? Evidentemente, no. Nosotras somos libérrimas, amas y señoras de nuestro propio destino.
Qué triste me parece que, de veras, nos creamos completamente esa milonga de la igualdad, de los derechos, de la absoluta libertad.
Esos pequeños –y grandes- burkas con los que convivimos diariamente las mujeres del avanzadísimo, desarrolladísimo y cultísimo occidente en el que nos ha tocado, por suerte, vivir.
Pero...¿Y SI TODO ESTUVIERA DICHO YA? LA MÁS HERMOSA DE LAS MENTIRAS, LA LITERATURA, TIENE TANTO QUE DECIR...
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