Había una vez un rey, descendiente de una antigua y poderosa dinastía, que había sido despojado del trono por la adversidad y estaba huyendo de sus enemigos.
El rey estaba empapado por la lluvia, en medio de una zona pantanosa, cuando llegó a una pequeña choza de pastores. Pensó descansar allí por algún tiempo, pero cuando entró se encontró que dos pastores se le habían anticipado y descasaban envueltos en mantas para protegerse del frío.
Amablemente le dieron la bienvenida y compartieron con él algo de pan, queso y cebollas, que era la única comida que tenían.
El rey dijo:
— Algún día, cuando recobre mi reino, os pagaré con moneda propia de un rey.
Sucedió que, aunque los dos pastores habían ofrecido comida al rey y habían sido igualmente generosos, no se comportaban en todo de la misma forma.
El primer pastor comenzó a decir a toda la gente que él era mejor que un noble, pues había dado comida a un rey, cuando no había nadie más que lo hiciera.
Pero el segundo pastor, reflexionando, se dijo a sí mismo:
“El haber estado en la choza y el haber tenido un poco de comida fueron simples accidentes. El haber ofrecido comida al rey fue una acción normal. Pero el rey, con una generosidad realmente noble, quiso interpretar estos hechos como algo de mérito. Ahora, yo debo inspirarme en su ejemplo y hacerme digno de tal nobleza”.
Dos o tres años después, el rey recuperó su reino y mandó llamar a los pastores. A cada uno se le dieron valiosos regalos, y los dos tuvieron posiciones poderosas en la corte.
Pero el primer pastor, no habiendo hecho ningún esfuerzo por mejorar y prepararse, no tardó en tomar parte en una intriga de la corte y fue ejecutado en caso a su conjura.
Por el contrario, el segundo pastor trabajó tan bien y con tal lealtad que, cuando el rey llegó a una edad avanzada, fue nombrado y aceptado como su sucesor.
Una pareja tenía dos niños pequeños, de ocho y diez años de edad, que eran excesivamente traviesos. Sabían que si algunos travesura ocurría en el pueblo, seguramente algo tendrían que ver sus hijos…..
La madre de los niños se enteró de que el cura del pueblo había tenido mucho éxito “enderezando” niños, así que le pidió que hablara con sus hijos.
El cura aceptó, pero pidió verlos por separado, por lo que la mujer envió primero al niño más pequeño.
El cura, un hombre enorme con una voz muy profunda, sentó al niño frente a sí y le preguntó gravemente:
-¿Dónde está Dios?, hijo.
El niño se quedó boquiabierto, pero no respondió; permaneció sentado con los ojos pelones. Así que el cura repitió la pregunta en un tono todavía más grave:
-¿Dónde está Dios?
De nuevo el niño no contestó. Entonces el cura subió el tono de su voz aún más, agitó su dedo apuntando frente a la cara del niño y gritó:
-¡Te estoy preguntando que dónde está Dios!.
El niño salió gritando del cuarto, corrió hasta su casa y se escondió en el baño. Cuando su hermano lo encontró en el baño, le preguntó:
-¿Qué paso?
El hermano pequeño, sin aliente, le contestó:
-Ahora sí que estamos mal, tenemos graves problemas. ¡Dios está perdido, y creen que nosotros lo tenemos!
-Puede que con mi modo de decir las cosas contribuya a veces a asustar al “niño” interior de otras personas.
Era muy rico. Y, sin embargo, comenzó a sentirse triste. Al principio pareció que se trataba simplemente de aburrimiento. Pero poco a poco la tristeza comenzó a adquirir su verdadero rostro: la soledad. O mejor dicho: el aislamiento.
Sí. Se sentía acorralado. Aislado y muy solo. A nada le encontraba gusto. El principito acababa de asomar a la vida, y la vida ya comenzaba a no tener sabor para él. Y no era por falta de condimentos. Porque su padre, el rey, trataba de darle todos los gustos. Le había llenado su habitación con toda clase de juguetes raros y costosísimos. Las mejores comidas y golosinas eran para él. Todos los muebles eran de superlujo. Hasta tenía su mesa para hacer los deberes, cubierta por una fina lámina de plata pulida y brillante.
Le habían asignado la mejor sala del palacio, con una gran ventana que daba sosbre la plaza del pueblo. Para que gozara del sol y estuviera protegido del frío, habían puesto en la ventana el mejor cristal que se había conseguido en todo el reino. Ni siquiera un fallo se hubiera podido encontrar en aquel gran vidrio que permanecía ver todo lo que pasaba en la plaza.
Y, sin embargo, el principito empeoraba día a día. Se sentía cada vez pero. Cada vez más triste, más solo y asislado, sin gusto de nada, pensado nada más que en sí mismo y en todo lo que le traían para entretenerlo. Fueron consultados los mejores médicos y sabios del país para que le encontraran remedio. Pero nada habían conseguido. Nadie acertaba con la causa de la extraña enfermedad. La cosa parecía no tener cura.
Hasta que por fin decidieron consultar a un sabio y viejo ermitaño que vivía solo en la montaña. Quizá él pudiera comprende este extraño mal de la soledad del principito. Era tan pobre el ermitaño que tuvieran que prestarle un manto para que pudiera venir al palacio.
Despues de saludar al rey, pidió poder quedarse solo con el principito en la pieza de la gran ventana de cristal. Entonces invitó al joven a que se acercara y mirara hacia afuera a través del límpido vidrio. Así lo hicieron los dos, y el ermitaño preguntó al principio:
-¿Qué ves?
-Veo a mi pueblo. Veo la gente que va y viene, corre y ríe, llora y canta, trabaja y descansa.
Entonces, el ermitaño, sin decirle nada, tomó la fina lámina de plata que cubría la mesa y la colocó detrás del cristal de la ventana, que quedó así convertida en un espejo. Y volvió a preguntarle:
-¿Qué ves?
- Ahora ya no veo a mi pueblo. Ahora me veo solo a mí mismo, y que tengo la cara muy triste.
-¿Has visto? Cuando la plata se interpone entre tú y tu pueblo, entonces hasta el más límpio cristal queda convertido en espejo, y ya no puedes ver a nadie más que a ti mismo. Comparte tu plata y no la tengas inútilmente en tu mesa. Entonces volverás a sentirte unido a los demás, y descubrirás que eres feliz, como cuando eras niño.
Conozco familias que, cuando eran pobres, no tenían llave en la puerta y siempre tenían convidados en su mesa. Ahora que poseen más bienes, viven solas y encerrados, temiendo siempre a todo el que se acerca. Están enfermos.
Un judío entra en la tienda de un amigo y le dice:
-¡Préstame ahora mismo, veinte mil francos, en metálico!”
-¿Veinte mil francos?....
- ¡Sí, veinte mil! Te los devolveré en diez minutos con quinientos francos de interés.
-¡En diez minutos, no vas a poder ni ir muy lejos! ¡Pero si no tendrás ni tiempo de salir a la calle!.
-¡No tengo ninguna intención de irme de tu tienda!.
El comerciante acepta y entrega veinte mil francos en efectivo a su amigo. Éste se los mete al punto en el bolsillo y coge el teléfono. Tras haber marcado un número, discute algunos minutos con un interlocutor y, satisfecho, cuelga el aparato.
-¡Acabo de conseguir un contrato formidable!-dice devolviendo los veinte mil francos, acrecidos por los intereses.
-Pero ¿para qué necesitabas una suma semejante sólo para telefonear?- pregunta el comerciante sin salir de su asombro.
-Porque, para discutir, a la hora de hacer negocios, uno se siente distinto cuando tiene dinero en el bolsillo.
En cierta ocasión, un zorro fue atrapado por un tigre descomunal, feroz.... y un poco tonto. sometido por las poderosas garras del felino, el pobre animal juntó energía para decir con firmeza: "cuidado con lo que vas a hacerme. Soy el más temido entre los animales, a mi paso todos se alejan pavoridos, ninguno se anima a mirarme a los ojos".
Y agregó:
"¡Puedo demostrarlo si lo deseas!."
El poderosos tigre escuchó la advertencia con asombro, cedió la presión de sus brazos y liberó a su presa:
-"Me gustaría ver el miedo que inspiras entre la familia; pero te advierto que si no es como dices, te destrozaré sin chácara ni piedad" replicó, majestuosa, la fiera devastadora.
El zorro se recompuso y dijo:
-Ahora mismo te mostraré mi influencia social. Salgamos a caminar por la selva y la campiña. Ven conmigo, te impresionarás de la forma en que me temen.
Y así fue, tal como el zorro había advertido. A su paso, todos los animales escapaban con pánico.
El tigre observaba sorprendido la influencia de su acompañante, y desde su limitada comprensión murmuraba : "Cuál será el secreto de su prestigio"
En realidad, el poder radica en la capacidad imaginativa, en el ejercicio de la inteligencia y en la confianza de uno mismo.
El zorro estaba seguro del valor de su acompanate; el tigre, en cambio, lerdo, no llegaba a captar sus propios méritos.
Es conveniente conocer en la vida quien nos acompaña, aún cuando caminemos solos. Y también valorar la calidad original de nuestras propias pisadas.
Me gustan los cuentos que "duermen a los niños y despiertan a los mayores" y los envio a mis amig@s ahora he pensado que quizas aqui tambien guste leerlos.
M@ry C@rmenG.